siempre hay un principio
Aunque ya no tenía por qué, se seguía levantando a las ocho con disciplina militar. Como había hecho los dos últimos años cuando sí tenía un trabajo al que llegar puntual, saltó de la cama al primer aviso del despertador y se regaló una ducha larga y en silencio, sin pensamientos sobre qué haría hoy ni canciones de Mecano. Hay cosas que están unidas con lazos invisibles, si la primera se pierde la otra desaparece. Media hora más tarde ya estaba en la calle con el sabor del café todavía en la garganta. La misma boca de metro la esperaba al doblar la esquina. Escaleras, ticket, gente, gente, gente, gente y ya estaba dentro. Era la única persona dentro del vagón que no iba a ninguna parte y no le importaba. Desde que había aterrizado en esa ciudad se había quedado hipnotizada con el transporte público subterráneo. Definitivamente era una adicta al metro y a la barras de labios de color frambuesa.
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Los restos del último cigarrillo se consumían en el cenicero. Bebió un sorbo de ginebra y disfrutó al oír el sonido de los hielos contra el cristal del vaso. A veces los placeres más intensos caben dentro de un tubo de vidrio, sonrió. Todavía llevaba puestos los zapatos y la misma camisa de la noche anterior. Pensó en hacer algo consigo mismo como darse una ducha, quitarse la ropa o al menos irse a la cama, pero le dio demasiada pereza y volvió a desplomarse en el sofá. Mañana será otro día. Durmió doce horas seguidas, vestido y con los zapatos puestos, y cuando se despertó ya era lunes por la mañana y estaba a punto de conocer a la chica que fantaseaba en el metro.
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La mujer que se sentaba a su derecha con un niño en el regazo no era su madre, los padres del niño estaban divorciados por el desgaste normal de las relaciones y porque la madre se había enamorado de un joven colombiano en el gimnasio, el padre se había vuelto a casar y tenía la custodia del niño porque la madre se había ido a Colombia con su nuevo novio a ser feliz al otro lado del Atlántico, estaba claro entonces que la mujer que le llevaba al colegio y que le había puesto el abrigo y la bufanda antes de salir de casa era la nueva esposa de su padre y que quería al niño como a su propio hijo. También le pareció que estaba deseando tener un hijo “suyo de verdad” quizá dos o tres.
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Al soplar las velas de la tarta en su quinto cumpleaños pidió ser futbolista de mayor, diez años después ya había cambiado las botas por cigarrillos y el deporte le daba menos satisfacciones que las chicas que enseñaban el ombligo y se subían la falda para él por las noches. Nunca había vuelto a soñar con ser nada, por eso cuando empezó a trabajar embalando camas y sillas de diseño sueco que se venden desmontadas no pensó en la revolución de la industria del mueble ni en repúblicas independientes dentro de su casa, se limitó a introducir mecánicamente piezas y tornillos en cajas de cartón que después precintaba.
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El niño y su madrastra encantadora ya se habían perdido entre la multitud que se escapaba por el andén. “¿Quién se sentará ahora a mi lado?” Si ella pudiese elegir querría que su próximo compañero de asiento fuese un guitarrista tatuado, o mejor un escritor de novelas tristes con final desgarrador, cualquier antihéroe de quien enamorarse perdidamente, aunque sólo fuese durante un trayecto pequeño entre parada y parada. Normalmente se enamoraba de dos a tres veces al día, a veces incluso tres, también hubo una tarde de agosto en la que se enamoró de diez desconocidos, todavía se preguntaba si había sido amor verdadero o el bochorno de agosto en Madrid.
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Miss Golightly



me han gustado estos microrrelatos, especialmente el del chico que trabaja en ikea.
pues yo me quedo con el de la enamoradiza madastra con la que me siento tremendamente identificada. Recuerdo una conversación del primer año en Compostela sobre crear un texto sinfónico en el que se recogiese en forma de puzle los distintos pensamientos de los paseantes de las calles de adoquines. Esto ha sido una preciosa sinfonía subterránea. Me ha encantado.
Al releer el texto y vuestros comentarios veo que esta actualización ha sido un poco precipitada… por las erratas que veo y porque en mi cabeza las piezas encajan. Son sólo dos personajes que se intercalan: el chico que trabaja en Ikea y la chica que fantasea en el metro y aunque en principio las historias corren paralelas por el camino se convertirán en una sola, pero es ya otro capítulo que pronto me encantaría compartir con vosotras… Zeltia, tremendamente sugerente y evocador tu ‘escoller un día’, no he podido evitar enamorarme de él y retuitearlo
no sé si os pasa, pero el transporte público me parece un maravilloso laboratorio de observación
mmm, en esta época del año prefiero fantasear con domingueros de paseos marítimos